Sé que tengo algo importante que decir en algún momento y sé que mientras no lo haga todas las noches van a seguir siendo la misma rueda de feria con las luces moribundas de una ciudad que sólo existe en los sueños de otra noche, que sucedió hace mil ojos cerrados.
Sé que se me pudren estas ganas muy adentro del centro mismo y que no hay nada que pueda hacer para evitar que la verdosa viscosidad de las cosas, que se diluyen por la ausencia, se me salga por las orejas y los ojos.
También sé, no de cierto pero lo intuyo, que la piel que se rasga bajo las uñas de mi doble nocturno es más real, aunque no pueda recordar a qué nombre responde. Piel blanca, verde y traslúcida, fría y delgada, como el papel de los mapas antiguos. Tengo miedo de romperla con sólo pasar mis ojos sobre ella pero no puedo evitar que mis dedos se le claven como quitando la piel de un fruto maduro.
Recuerdo los caminos que mis pies hollaron y cómo esa suerte de pergamino se desgarraba con mis tacones de agujas invisibles. Y todas las cosas que no pasan en esta estancia. Sé dónde está cada uno de los tesoros pero desconozco las palabras que abren cada cofre.
Sé que hay que detener este fluir de lodo y este hervir de amapolas y estas ramas que se van cayendo y yo con ellas, en ellas. Pero sé, y allí vive mi esperanza, que en ese caer y desprenderme de los mapas y besar los jirones del recuerdo hasta el cansancio, hasta que llegue al suelo, de las letras que escribí en la espalda de un fantasma, está la libertad que no puedo sacarme de debajo de la lengua.
Sé que no habrá una visión más hermosa que la de ver todas las sombras de mi deseo alejarse en ese barco hacia la vigilia. Sé que en el cielo de la boca se me quedará pegado su rastro.